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jueves, 22 de julio de 2010

Cartas a un joven poeta, Rainer María Rilke





Viareggio, cerca de Pisa (Italia),
a 5 de abril de 1903


Ha de perdonarme, distinguido y estimado señor, que haya tardado hasta hoy para recordar con gratitud su carta del 24 de febrero. Durante todo este tiempo me encontré bastante mal. No precisamente enfermo, pero sí abatido y presa de una postración de carácter gripal, que me inhabilitaba para todo. Finalmente, al ver que ni por asomo llegaba a operarse ningún cambio en mi estado, acabé por acudir a orillas de este mar meridional, cuya acción bienhechora ya me fue de algún alivio en otra ocasión. Pero aun no estoy restablecido. Todavía me cuesta escribir. Así, pues, tendrá usted que acoger estas pocas líneas en lugar de muchas más.

Sepa, desde luego, que me causará siempre alegría con cada una de sus cartas. Sólo habrá de ser indulgente con mis respuestas, que quizás lo dejen a menudo sin nada entre las manos. Y es que en realidad, sobre todo ante las cosas más hondas y más importantes, nos hallamos en medio de una soledad sin nombre. Para poder aconsejar y, más aun, para poder ayudar a otro ser, deben ocurrir y lograrse muchas cosas. Y para que se llegue a acertar una sola vez, debe darse toda una constelación de circunstancias propicias.

Sólo dos cosas más querría decirle hoy:

En primer lugar, algo acerca de la ironía. No se deje dominar por ella, y menos que en cualquier otra ocasión, en los momentos de esterilidad. En los que sean fecundos, procure aprovecharla como un medio más para comprender la vida. Empleada con pureza, también la ironía es pura, y no hay por qué avergonzarse de ella. Pero si usted siente que le es ya demasiado familiar y teme su creciente intimidad, vuélvase entonces hacia grandes y serios asuntos, ante los cuales ella quedará siempre pequeña y desamparada. Busque la profundidad de las cosas: hasta allí nunca logra descender la ironía... Y cuando la haya llevado así al borde de lo sublime, averigüe al mismo tiempo si ese modo de entender la vida brota de una necesidad propia y esencial. Pues entonces, bajo el influjo de las cosas serias, acabará por desprenderse de usted -si es algo meramente accidental-; o bien -si es que realmente le pertenece como algo innato- cobrará fuerza, y se convertirá en un instrumento serio para incluirse entre los medios con que usted habrá de plasmar su arte.

Lo otro que yo quería decirle es esto: De todos mis libros, muy pocos me son imprescindibles. En rigor, sólo dos están siempre entre mis cosas, dondequiera que yo me halle. También aquí los tengo conmigo: la Bibliay las obras del poeta danés Jens Peter Jacobsen. Se me ocurre pensar si usted las conoce. Puede adquirirlas fácilmente, ya que algunas de ellas han sido publicadas -muy bien traducidas por cierto- en la "Biblioteca Universal" de las "Ediciones Reclam". Procúrese los Seis cuentos de J. P. Jacobsen así como su novela Niels Lyhne, y empiece por leer, en el primer librito, el primer cuento, que lleva por título "Mogens": Le sobrecogerá un mundo; la dicha, la riqueza, la inconcebible grandiosidad de todo un mundo. Permanezca y viva por algún tiempo en estos libros, y aprenda de ellos cuanto le parezca digno de ser aprendido. Ante todo, ámelos: su cariño le será pagado miles y miles de veces. Y, cualquiera que pueda llegar a ser más adelante el rumbo de su vida, estoy seguro de que ese amor cruzará siempre la urdimbre de su existencia, como uno de los hilos más importantes en la trama de sus experiencias, de sus desengaños y de sus alegrías.

Si yo he de decirle quien me enseñó algo acerca del crear, de su esencia, de su profundidad y de cuanto en él hay de eterno, sólo puedo citar dos nombres: el del grande, muy grande Jacobsen [2] y el de Auguste Rodin [3], el escultor sin par entre todos los artistas que viven en la actualidad.

¡Que siempre le salga todo bien en sus caminos!

Su
Rainer Maria Rilke

domingo, 11 de julio de 2010

Cartas a la Amada Inmortal, Ludwig van Beethoven –pags. 8, 9 y 10–




Página 8

Si he resuelto
vagar si rumbo
en la distancia, hasta que
Pueda volar a tus brazos
y pueda considerarme
enteramente en casa contigo
y pueda enviar mi alma
abrazada por ti
al reino del espíritu
si, infortunadamente así debe ser – tu
debes dominarte mas
al conocer mi fidelidad
a ti, nunca puede otra
poseer mi corazón,
nunca, nunca – Oh, Dios porqué
tener que separarse uno mismo ,
de lo que uno ama tanto, y así mi
vida en V (Viena) como es ahora es una
vida miserable - Tu
amor me hace el hombre mas feliz
y el mas infeliz
al mismo tiempo – a mi edad debería
tener cierta estable
regularidad en mi vida - puede

Página 9

eso existir en nuestra
relación? -- Ángel, ahora mismo
escucho que el correo
va todos los días
y por lo tanto
debo terminar, de modo que tu
recibirás la C (carta) inmediatamente –
permanece calma, solo a través
de la tranquila contemplación de nuestra
existencia podremos
alcanzar nuestro objetivo
de vivir juntos -
sé paciente – ámame -
hoy – ayer -
Que doloroso anhelo de ti
de ti – de ti -
tu – tu mi

Página 10

amor – mi
todo – adiós –
oh, continua
amándome – nunca
juzgues mal el mas fiel
corazón de tu
amado

L

siempre tuyo

siempre mía
siempre nuestro

lunes, 28 de junio de 2010

Cartas, Herman Hesse





A LA SRTA. G. D., estudiante de Filosofía. Duisburg
21 de julio de 1930.
… Le envío a usted con esta carta, en respuesta a su saludo, un dibujillo que he pintado sobre papel en estos días pasados (dibujar y pintar son mi modo mejor de descansar); el cuadrito desea decirle a usted que la inocencia de la Naturaleza, la vibración de un par de colores, pueden crear dentro de nosotros, y en cualquier hora, una libertad y una fe renovadas, aun en medio de una vida ardua y llena de problemas.
Poco puedo responder a sus preguntas y me permito rogarla que no me fuerce usted a un intercambio epistolar; esta carta de hoy es una excepción.
Me parece que usted plantea equivocadamente las preguntas. No debería preguntar: "¿Son acertadas mi forma y mi sentido de la vida?", porque para esto no hay respuesta posible, ya que toda forma de vida es tan acertada como otra cualquiera, y todas ellas son un pedazo de la vida misma. Antes, al contrario, debería usted preguntar: "Ya que soy tal y como soy, ya que llevo dentro de mí estas exigencias y problemas, que al parecer desconocen por entero otras personas, ¿qué debo hacer para soportar la vida y hacer de ella, en la medida de lo posible, algo hermoso?" Y la respuesta sería, más o menos, esta, si de veras escucha usted la voz más recóndita e íntima: "Como eres así, y no de otro modo, no debes ni envidiar ni despreciar a los demás por su distinto modo de ser, y no debes preguntar por la rectitud o acierto de tu propio ser, sino aceptar a tu alma y a sus exigencias lo mismo que aceptas tu cuerpo, tu nombre, tu origen, etc.: como algo dado, inevitable, que es preciso aceptar sin más y defender aunque todo el mundo estuviese en contra."
No sé más. No conozco sabiduría alguna capaz de hacerme más fácil o llevadera la vida. La vida no es fácil, jamás lo es; pero séalo o no, nunca debemos preguntar por ello. O bien tenemos que entregarnos a la desesperación, cosa que es libre para cualquiera, o debemos comportarnos como las personas aparentemente sanas y discretas, aparentemente faltas de problemas y de alma; debemos intentar, por todos los medios, aceptar nuestra naturaleza como la única acertada y justa, conceder a nuestra alma todos los derechos.
He aquí que estoy dando consejos, y en rigor no creo en su valor. De ellos usted aceptará lo que consienta su propia naturaleza, ni más ni menos. Nada podemos hacer por cambiarnos. Pero seremos tanto más fuertes cuanto más aceptemos y reconozcamos la vida, cuanto más identificados estemos en nuestro interior con aquello que nos ocurre desde fuera de nosotros mismos. Adiós.

Pintura de Herman Hesse.

lunes, 14 de junio de 2010

Otoño y viento, Luis




Amiga,
hoy he visto una fuente vacía en la plaza de tu pueblo,
las hojas pasaban acariciando su pared descolorida...
unas se pegaban al pequeño charco lodoso que en su fondo había formado la lluvia.
El aire es frío, pero aún me trae los aromas que tanto me conozco.
¿Has vuelto tu alguna vez hasta aquí?
Todo lo que miro me dice que no lo has hecho,
pero sé que puedo estar equivocado.


jueves, 3 de junio de 2010

La mujer del mercader del río, Ezra Pound




Cuando yo todavía llevaba el pelo cortado sobre la frente
jugaba en el portal delantero, recogiendo flores.
Tú viniste con zancos de madera jugando a los caballos,
caminaste junto a mi asiento, jugando con ciruelas azules
y seguimos viviendo en el pueblo de Chokan:
dos niños, sin aversión ni sospecha.

Con catorce años me casé con vos, mi señor.
Nunca me reía porque era tímida.
Bajaba la cabeza y miraba a la pared.
Aunque me llamaran mil veces, nunca volvía la cabeza.

Con quince años dejé de fruncir el ceño,
deseaba que mi polvo se mezclara con el tuyo
para siempre y para siempre y para siempre.
¿Para qué seguir vigilando?

Te fuiste cuando yo tenía dieciséis años,
te fuiste a la lejana Ku-to-yen, junto al río de los remolinos,
y has estado fuera cinco meses.
Los monos hacen un ruido muy triste por ahí arriba.
Cuando te fuiste arrastrabas los pies.

En el portal ahora ha crecido el musgo, musgos distintos,
¡demasiado profundos para limpiarlos!
Los hojas caen pronto este otoño, por culpa del viento.
Las mariposas emparejadas ya amarillean en el agosto
sobre la hierba del jardín del oeste;
me duelen. Me hago vieja.

Si has de venir por los vados del río Kiang,
por favor, házmelo saber de antemano
y yo saldré a recibirte,
iré hasta Cho-fu-sa.

miércoles, 2 de junio de 2010

Sobre la ancianidad, Herman Hesse (1952)



La edad provecta es una etapa de nuestra vida y, al igual que todas las restantes, posee su rostro propio, una atmósfera y temperatura peculiares, alegrías y miserias propias también. Nosotros, los viejos de cabello blanco, tenemos también nuestra tarea, al igual que nuestros hermanos más jóvenes; una tarea que da sentido a nuestra existencia, y hasta un enfermo de muerte y moribundo, al que apenas puede alcanzar una invocación de este mundo de aquí, tiene su tarea propia y ha de cumplir muchas cosas importantes y necesarias. Ser anciano es una tarea tan hermosa y sagrada como ser joven; aprender a morir y morir realmente es una función tan llena de dignidad y valor como cualquier otra, supuesto que sea cumplida con reverencia ante el sentido y la santidad suprema de toda vida. Un anciano que tan solo aborrece y teme a la vejez, al cabello cano y a la proximidad de la muerte no es digno representante de su edad, como tampoco lo es el hombre joven y robusto que odia su profesión y su trabajo diario y procura zafarse de ellos.
 Dicho en pocas palabras: para cumplir debidamente el sentido de la vejez y mostrarse a la altura de su tarea, hay que estar de acuerdo con esta misma vejez y con todo cuanto trae consigo, hay que decirle un sí sin restricciones. Sin este sí, sin la entrega total a lo que la Naturaleza exige de nosotros, perdemos el valor y el sentido de nuestros días - ya seamos viejos o jóvenes - y cometemos una estafa con la vida.
 Todos sabemos que la edad anciana comporta múltiples achaques y que a su término se alza la muerte. Año tras año es preciso ofrecer sacrificios y llevar a cabo renuncias. Hay que aprender a desconfiar de los sentidos y las fuerzas propias. El camino que poco tiempo antes no era sino un pequeño y grato paseo, tórnase ahora largo y fatigoso, y llega un día en que ya no podemos recorrerlo más. Hemos de renunciar a los manjares que durante toda nuestra vida hemos comido con gusto y placer. Las alegrías y goces corporales se tornan cada vez más raros y han de ser pagados a precio creciente. Y además, todas las lacras y enfermedades, el debilitamiento de los sentidos, el entumecimiento de los órganos, los incontables dolores, sobre todo en las noche tan frecuentemente largas y asaltadas por el constante temor.... todo esto son cosas imposibles de negar, son la amarga realidad. Pero sería triste y mezquino abandonarse únicamente a este proceso de decadencia y obstinarse en no ver que también la ancianidad tiene sus cosas buenas, sus ventajas, sus fuentes de consuelo y sus alegrías. Cuando se encuentran mutuamente dos ancianos, jamás deberían limitar su diálogo al maldito artritismo, a los miembros entorpecidos y al ahogo producido por la subida de escaleras, no deberían intercambiar tan solo sus dolencias y sus enojos, sino también sus experiencias y recuerdos alegres y consoladores. Que son también muy numerosos.
 Cuando traigo a colación de recuerdos estas hermosas y positivas páginas en la vida de los viejos y digo que nosotros, los que tenemos blanco el cabello, conocemos fuentes de vigor, de paciencia y de gozo que en la vida de los jóvenes no juegan papel alguno, no me corresponde hablar de los consuelos de la religión y de la Iglesia. Eso es asunto de los sacerdotes. Pero sí puedo llamar con nombre propio a algunos de los dones con que nos obsequia la vejez. El más preciado para mí de todos estos dones es el tesoro de imágenes que se acumulan en la memoria después de una larga vida y a las cuales se vuelve con interés más vivo y vario que nunca se hizo con anterioridad, según va apagándose en nosotros la actividad juvenil. Figuras y rostros humanos que no pisan ya la tierra desde sesenta o setenta años ha, prosiguen viviendo dentro de nosotros, nos pertenecen como cosa propia, nos prestan compañía, nos miran con ojos que viven todavía. Casas, jardines, ciudades, que en el correr de los años transcurridos han desaparecido o han cambiado por completo, nos contemplan incólumes como antaño, y en nuestros libros de estampas hallamos de nuevo, frescas y llenas de colorido, las lejanas montañas y las largas costas marinas que contemplamos en nuestros viajes decenas de años atrás. La mirada, la observación, la contemplación, tórnase más y más en costumbre y ejercicio adiestrado y el temple de ánimo y el ademán del contemplador penetran imperceptiblemente toda nuestra conducta. Nos sentimos acosados por deseos, ensueños, apetitos y pasiones, como la inmensa mayoría de los hombres, precipitados aquí y allá durante los años y décadas de nuestra existencia, impacientes, expectantes, llenos de tensión, sacudidos vivamente por sensaciones de plenitud o de desencanto..., y hoy, cuando hojeamos cuidadosamente el gran libro ilustrado de nuestra propia vida, nos maravillamos de cuan hermoso y bueno puede ser verse libre de aquel acoso y aquella persecución y haber llegado a la vita contemplativa. Aquí, en este jardín de los ancianos, florecen ciertas flores en cuyo cuidado apenas hemos pensado en años anteriores. En él florece la flor de la paciencia, nobilísima especie que nos hace más resignados y tolerantes, y cuanto menor se torna nuestra apetencia de usurpación y de acción, tanto mayor se vuelve nuestra capacidad para escuchar y contemplar la vida de la Naturaleza y la vida de tos demás hombres, para dejar que pase ante nosotros sin crítica y con creciente asombro ante su infinita variedad, a veces con interés y recóndita compasión, a veces con risa, con viva alegría o con humor. Hace pocos días me hallaba yo en mi jardín ante una fogata que acababa de encender y que alimentaba con ramaje y follaje seco. Y he aquí que llegó .una anciana, cruzando a lo largo del seto de espino; contaría cerca de los ochenta años y al pasar se detuvo y me miró. Yo saludé y entonces ella se echó a reír y dijo "Hace usted muy bien en encender ese fuego. A nuestros años hay que irse acostumbrando poco a poco al infierno." Con estas palabras se inició un diálogo en el cual ambos nos lamentamos mutuamente de todas nuestras dolencias y flaquezas, pero siempre dentro de un tono de broma. Y al final de nuestra conversación ambos hubimos de confesarnos que pese a todo no éramos todavía tan terriblemente viejos, y que ni siquiera podíamos considerarnos como auténticos ancianos mientras viviese en nuestro pueblo la más vieja de todas: la centenaria.
 Cuando la gente joven, con la suficiencia de sus fuerzas y su despreocupación, ríe tras de nosotros y encuentra cómicos nuestros escasos cabellos blancos, nuestro andar fatigoso y nuestro escuálido pescuezo, nosotros recordamos que antaño, cuando nos hallábamos en posesión de idéntica fuerza y despreocupación, también sonreímos en casos semejantes y no solo no nos sentimos humillados y vencidos, sino llenos de íntimo gozo por haber podido superar esta etapa de la vida y habernos tornado un tantico más sensatos y más pacientes.
  

martes, 1 de junio de 2010

Amistad, Luis




Entre nosotros han pasado años, parejas, olvidos, pero siempre alumbra mis días, y hasta algunas noches, el recuerdo luminoso de aquellas horas de amistad, cariño y sentimientos que se cruzaban entre nosotros.
Nuestros destinos giraban como en un remolino que podía atraparnos o expulsarnos..
Pero fue desvaneciéndose lento con el tiempo, como suele desvanecerse todo.
Siempre las llevaré conmigo...

miércoles, 26 de mayo de 2010

Carta de Plinio a Tácito ante la erupción del Vesubio –24 de agosto de 79 a.c.–



[1] Pides que te escriba la muerte de mi tío para poder transmitirla a la posteridad con más veracidad. Te doy las gracias, pues veo que a su muerte, si es celebrada por ti, se le ha planteado una gloria inmortal.
[2] En efecto, aunque murió en la destrucción de unas hermosísimas tierras, destinado en cierto modo a vivir siempre, como corresponde a los pueblos y ciudades de memorable suerte, aunque él mismo redactó obras numerosas y duraderas, sin embargo la inmortalidad de tus escritos incrementará mucho su permanencia.
[3] En verdad considero dichosos a quienes les ha sido dado  por obsequio de los dioses o hacer cosas dignas de ser escritas o escribir cosas dignas de ser leídas, pero considero los más dichosos a quienes se les ha dado ambas cosas. En el número de éstos estará mi tío, tanto por sus libros como por los tuyos. Por eso con mucho gusto asumo, incluso reivindico, lo que propones.
[4] Estaba en Miseno y presidía el mando de la flota. El día 24 de agosto en torno a las 13 horas mi madre le indica que se divisa una nube de un tamaño y una forma inusual..
[5] Él, tras haber disfrutado del sol,  y luego de un baño frío, había tomado un bocado tumbado y ahora trabajaba; pide las sandalias, sube a un lugar desde el que podía contemplar mejor aquel fenómeno. Una nube (no estaba claro de qué monte venía según se la veía de lejos; sólo luego se supo que había sido del Vesubio) estaba surgiendo. No se parecía por su forma a ningún otro árbol que no fuera un pino.
[6] Pues extendiéndose de abajo arriba en forma de tronco, por decirlo así, de forma muy alargada, se dispersaba en algunas ramas, según creo, porque reavivada por un soplo reciente, al disminuir éste luego,  se disipaba a todo lo ancho, abandonada o más bien vencida por su peso; unas veces tenía un color blanco brillante, otras sucio y con manchas, como si hubiera llevado hasta el cielo tierra o ceniza.
[7] Le pareció que debía ser examinado en mayor medida y más cerca, como corresponde a un hombre muy erudito. Ordena que se prepare una libúrnica1; me da la posibilidad de acompañarle, si quería; le respondí que yo prefería estudiar, y casualmente él mismo me había puesto algo para escribir.
[8] Salía de casa; recibe un mensaje de Rectina, la esposa de Tasco, asustada por el amenazante peligro (pues su villa estaba bajo el Vesubio, y no había salida alguna excepto por barcos): rogaba que la salvara de tan gran apuro.
[9] Cambia de plan y lo que había empezado con ánimo científico lo afronta con el mayor empeño.  Sacó unas barcas con cuatro filas de remos y embarcó dispuesto a ayudar no sólo a Rectina, sino también a muchos (pues lo agradable de la costa la había llenado de bañistas).
[10] Se apresura a dirigirse a la parte de donde los demás huyen y mantiene el rumbo fijo y el timón hacia el peligro, estando sólo él libre de temor, de forma que fue dictando a su secretario y tomando notas de todas las características de aquel acontecimiento y todas sus formas según las había visto por sus propios ojos.
[11] Ya caía ceniza en las naves, cuanto más se acercaban, más caliente y más densa; ya hasta piedras pómez y negras,  quemadas y rotas por el fuego; ya un repentino bajo fondo y la playa inaccesible por el desplome del monte. Habiendo vacilado un poco sobre si debía girar hacia atrás, luego al piloto, que advertía que se hiciera así, le dice: «La fortuna ayuda a los valerosos: dirígete a casa de Pomponiani».
[12] Se encontraba en Estabias apartado del centro del golfo (pues poco a poco el mar se adentra en la costa curvada y redondeada2) Allí aunque el peligro no era próximo pero sí evidente y al arreciar la erupción muy cercana, había llevado equipajes a las naves, seguro de escapar si se aplacaba el viento que venía de frente y por el que era llevado de forma favorable mi tío. Él abraza, consuela y anima al asustado Pomponio. y para mitigar con su seguridad el temor de aquél, le ordena proporcionarle un baño;  después del aseo, se reclina3 junto a la mesa, cena realmente alegre o (lo que es igualmente grande) simulando estar alegre.
[13] Entre tanto desde el monte Vesubio por muchos lugares resplandecían llamaradas anchísimas y elevadas deflagraciones, cuyo resplandor y luminosidad se acentuaba por las tinieblas de la noche. Mi tío, para remedio del miedo,  insistía en decir que debido a la agitación de los campesinos, se habían dejado los fuegos y las villas desiertas ardían sin vigilancia. Después se echó a reposar y reposó en verdad con un profundísimo sueño, pues su respiración, que era bastante pesada y ruidosa debido a su corpulencia, era oída por los que se encontraban ante su puerta.
[14] Pero el patio desde el que se accedía a  la estancia, colmado ya de una mezcla de ceniza y piedra pómez  se había elevado de tal modo que, si se permanecía más tiempo en la habitación, se impediría la salida. Una vez despertado, sale y se reúne con Pomponiano y los demás que habían permanecido alertas.
[15] Deliberan en común si se quedan en la casa o se van a donde sea al campo. Pues los aposentos oscilaban con frecuentes y amplios temblores y parecía que sacados de sus cimientos iban y volvían unas veces a un lado y otras a otro.
[16] A la intemperie de nuevo se temía la caída de piedras pómez a pesar de ser ligeras y carcomidas, pero se escogió esta opción comparando peligros; y en el caso de mi tío, una reflexión se impuso a otra reflexión, en el de los demás, un temor a otro temor. Atan con vendas almohadas colocadas sobre sus espaldas: Esto fue la protección contra la caída de piedras.
[17] Ya era de día en otros sitios y allí había una noche más negra y más espesa que todas las noches. Sin embargo muchas teas y variadas luminarias la aliviaban. Se decidió dirigirse hacia la playa y examinar desde cerca qué posibilidad ofrecería ya el mar; pero éste permanecía aún inaccesible y adverso.
[18] Allí echado sobre una sábana extendida pidió una y otra vez agua fría y la apuró. Luego las llamas y el olor a azufre, indicio de las llamas,  ponen en fuga a los demás. a él lo alertan.
[19] Apoyándose en dos esclavos se levantó e inmediatamente se desplomó, según yo supongo, al quedar obstruida la respiración por la mayor densidad del humo, y al cerrársele el esófago, que por naturaleza tenía débil y estrecho y frecuentemente le producía ardores.
[20] Cuando volvió la luz (era el tercer día, contando desde el que había visto por última vez) se halló su cuerpo intacto, sin heridas y cubierto tal y como se había vestido. El aspecto era más parecido a una persona dormida que a un cadáver.
[21] Entre tanto en Miseno mi madre y yo ... pero esto no importa a la historia, ni tú quisiste saber otra cosa que su final. Por tanto termino.
[22] Únicamente añadiré que he narrado todo en lo que yo había estado presente y lo que había oído inmediatamente, cuando se recuerda la verdad en mayor medida. Tú seleccionarás lo más importante; de hecho, una cosa es escribir una carta y otra escribir historia, una cosa es escribir a un amigo y otra a todos. Adiós.

viernes, 7 de mayo de 2010

Cartas a un joven poeta, Rainer María Rilke



Furugorg Jonsered, en Suecia,
a 4 de noviembre de 1904
Mi querido señor Kappus:




Durante todo este tiempo que ha transcurrido sin que usted recibiera ninguna carta mía estuve unas veces de viaje, y otras tan atareado, que no pude escribir. También hoy me cuesta hacerlo, porque he tenido que escribir ya varias cartas, y mi mano está cansada. Si yo pudiese dictar, le diría muchas cosas, pero así le ruego que reciba tan sólo unas pocas palabras a cambio de su extensa carta.



En usted, querido señor Kappus, pienso a menudo, y con votos tan densos, que ello habría de ayudarle de algún modo. Con frecuencia dudo que mis cartas puedan ser realmente un auxilio. No diga usted: Sí, lo son". Acójalas con serenidad, sin prodigar su gratitud, y aguardemos lo que quiera venir.



Tal vez no resulte nada provechoso el que ahora me ponga a considerar con toda minucia cuanto usted me refiere. Pues lo que yo pueda decirle acerca de su propensión a la duda, o sobre su impotencia para armonizar la vida externa con la vida interna, o respecto de todas las demás cosas que le agobian... , siempre será lo mismo que ya le tengo dicho: siempre el deseo de que usted halle en sí bastante paciencia para sufrir, bastante sencillez y candor para creer, llegando a intimar y a familiarizarse cada vez más con lo que es difícil. Y también con su soledad en medio de los otros. En cuanto a lo demás deje que la vida obre a su antojo. Créame: tiene razón la vida. Siempre y en cualquier caso.



Con respecto a los sentimientos, esto: son puros todos los sentimientos que le abarquen totalmente y le eleven. Es impuro aquel sentimiento que prenda en un solo lado de su ser, y llegue por ello a torcerlo, a deformarlo. Todo cuanto pueda pensar de cara a su infancia, es bueno. Todo cuanto le eleve aun por encima de lo que hasta aquí haya logrado ser en sus horas mejores, está bien. Cualquier superación es buena si está en toda su sangre, siempre que no sea tan sólo un momento de ebriedad. Ni algún turbio afán, sino alegría clara, gozo diáfano, que se deja calar y trasver hasta el fondo. ¿Comprende usted lo que yo quiero decir?



Su duda puede tornarse una virtud, si usted la educa. Debe convertirse en saber y en crítica. Pregúntele, cada vez que ella quiera echarle algo por tierra, por qué ese algo está mal. Exíjale pruebas. Sométala a un examen. Acaso la encuentre entonces perpleja, confundida. O quizás rebelde, levantisca. Pero no ceda usted. Exija argumentos y obre así, alerta y consecuente, siempre y cada vez que sea preciso. Ya vendrá luego el día en que el dudar deje de ser destructor, para convertirse en uno de sus mejores obreros, el más inteligente, tal vez, entre todos los que van edificando la vida de usted.



Esto, querido señor Kappus, es todo cuanto yo pueda decirle hoy. Pero al mismo tiempo le envío un ejemplar, en tirada aparte, de un pequeño poema que acaba de ser publicado en la revista "Deutsche Arbeit", de Praga. Ahí sigo hablándole a usted de la vida, de la muerte, y de lo grandes y magníficas que ambas son.



Su

Rainer Maria Rilke


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