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sábado, 26 de mayo de 2012

María Zambrabo



Escribir es defender la soledad en que se está; es una acción que sólo brota desde un aislamiento afectivo, pero desde un aislamiento comunicable, en que, precisamente, por la lejanía de toda cosa concreta se hace posible un descubrimiento de relaciones entre ellas.

El escritor sale de su soledad a comunicar el secreto. Luego ya no es el secreto mismo conocido por él lo que colma, puesto que necesita comunicarle. ¿Será esta comunicación? Si es ella, el acto de escribir es sólo medio, y lo escrito, el instrumento forjado. Pero caracteriza el instrumento el que se forja en vista de algo, y este algo es lo que le presta su nobleza y esplendor

domingo, 16 de octubre de 2011

Un párrafo de Samuel Beckett


Gabriel Picart

¿Adonde iría, si pudiera irme, qué sería, si pudiera ser, qué diría si tuviera voz, quién habla así, diciéndose yo?.
Responded simplemente, que alguien responda simplemente.
Es el mismo desconocido de siempre, el único por quien existo, en el hueco de mi existencia, de la suya, de la nuestra, he aquí una respuesta simple.
Samuel Beckett, Relatos

domingo, 4 de septiembre de 2011

Confieso que he vivido, Neruda



Fotografía de Negrosky

Crece desde mis pies una advertencia aterradora. Apenas se distingen como gotas de sangre los copihues. Solo soy un ser minúsculo bajo los heléchos gigantes Junta a mi boca vuela una torcaza con un ruido seco de alas. Más arriba otros pájaros se ríen de mí con risa ronca...

... Todos conocen a Eliot... Antes de ser pintor, de dirigir teatros, de escribir luminosas críticas, leía mis versos... Yo me sentía halagado... Nadie los comprendía mejor... Hasta que un día comenzó a leerme los suyos y yo, egoísticamente, corrí protestando: "No me los lea, no me los lea"... Me encerré en el baño, pero Eliot, a través de la puerta, me los leía... Me sentí muy triste... El poeta Frazer, de Escocia, estaba presente... Me increpó: "Por qué tratas así a Eliot?"... Le respondí: "No quiero perder mi lector. Lo he cultivado. Ha conocido hasta las arrugas de mi poesía... Tiene tanto talento... Puede hacer cuadros... Puede escribir ensayos... Pero quiero guardar este lector, conservarlo, regarlo como planta exótica... Tú me comprendes, Frazer"... Porque la verdad, si esto sigue, los poetas publicarán sólo para otros poetas ... Cada uno sacará su plaquette y la meterá en el bolsillo del otro ... su poema... y lo dejará en el plato del otro... Quevedo lo dejó un día bajo la servilleta de un rey... eso sí valía la pena... O a pleno sol, la poesía en una plaza... O que los libros se desgasten, se despedacen en los dedos de la humana multitud... Pero esta publicación de poeta a poeta no me tienta, no me provoca, no me incita sino a emboscarme en la naturaleza, frente a una roca y a una ola, lejos de las editoriales, del papel impreso...    La poesía ha perdido su vínculo con el lejano lector... Tiene que recobrarlo... Tiene que caminar en la oscuridad y encontrarse con el corazón del hombre, con los ojos de la mujer, con los desconocidos de las calles, de los que a cierta hora crepuscular, o en plena noche estrellada, necesitan aunque sea no más que un solo verso... Esa visita a lo imprevisto vale todo lo andado, todo lo leído, todo lo aprendido... Hay que perderse entre los que no conocemos para que de pronto recojan lo nuestro de la calle, de la arena, de las hojas caídas mil años en el mismo bosque... y tomen tiernamente ese objeto que hicimos nosotros... Sólo entonces seremos verdaderamente poetas... En ese objeto vivirá la poesía...

sábado, 11 de diciembre de 2010

Motivos del Mar, "Las Barcas", Gabriela Mistral




12 de septiembre de 1927

Los hombres hicieron las barcas; pero ellas cobraron alma al tocar el mar, y se han liberado de los hombres.
Si un día los marineros no quisieran navegar más, ellas romperían sus amarras y se irían, salvajes y felices.
Los marineros creen llevarlas, mas son ellas quienes los rigen. Los incitan cuando se adormecen en las costas, hasta que ellos saltan a los puentes.
Si arriban a las costas, es por recoger frutos: las piñas, los dátiles, las bananas de oro. El mar, amante imperiosa, les pide la fragancia de la tierra, que las olas aspiran, irguiéndose.
Desde que las barcas tocaron agua viva, tienen alma salvaje. Engañan a los pilotos con que siguen su camino. Van por la zona verde, donde el mar se endurece de tritones y choca como muchos escudos.
Nunca saben los pilotos el día preciso de los puertos; consultan siempre algún error en los cálculos, y este error es el juego de las barcas con las sirenas.
Tienen las barcas cabelleras de jarcias, pecho de velamen duro, y caderas de leños amargos. Sus pies van bajo el agua como los de las danzadoras de largas túnicas.
Llevaron a los descubridores. Mientras ellos dormían, las barcas burlaron sus sendas...
Porque se hacen signos secretos con las islas desconocidas, y las penínsulas las llaman alargándose como un grito.
No van llevando a los hombres a vender sus paños; se echaron al mar para existir libres sobre él.
Si un día los hombres no quieren navegar más, ellas se irán solas por los mares, y los marinero desde las playas, gritarán de asombro al saber que nunca fueron pilotos. Que, como las sirenas, ellas son hijas de la voluntad del mar.

viernes, 3 de diciembre de 2010

El difunto Matias Pascal, Luigi Pirandello




—No paso a comprender que por el gusto momentáneo que experimenta el gaznate al paso de un buen bocado, como éste, por ejemplo —y se lo engullía—, haya de estarse nadie luego sufriendo todo el día. ¿Qué se saca de eso? Yo de mí sé decir que estaría después corrido y avergonzado. Rosina —decía llamando a la criada—, deme un poquito más de este plato.

miércoles, 27 de octubre de 2010

El hombre es un gran faisán en el mundo, Herta Müller




Gracias a la amiga Ico por hacerme conocer este libro en su blog a través de sus palabras que me lo han descrito, es de los que siempre se recuerdan. Les dejo un fragmento que encontré por la mitad...

«Algo va mal desde que empezó el verano», dice Windisch. «Mi mujer tiene que barrer el patio cada día. Las acacias se están secando. En nuestro patio ya no queda ni una. En el de los valacos hay tres, y distan mucho de estar peladas. En nuestro patio, en cambio, caen cada día hojas secas como para vestir diez árboles. Mi mujer no se explica de dónde pueden salir tantas. Nunca hemos tenido tal cantidad de hojas secas en el patio.» «Las trae el viento», dice el guardián nocturno. Windisch cierra la puerta del molino con llave.
«Pero si no hace viento», dice. El guardián nocturno estira los dedos en el aire: «Siempre hace viento, aunque no lo sintamos».
«En Alemania los bosques también se secan a mediados de año», dice Windisch.
«El peletero nos lo ha escrito», añade. Mira el cielo ancho y bajo. «Se han instalado en Stuttgart. Rudi está en otra ciudad. El peletero no ha dicho dónde. Al peletero y su mujer les han asignado una vivienda de protección social con tres habitaciones. Tienen una cocina-comedor y un cuarto de baño con espejos en las paredes.»
El guardián nocturno se ríe. «A su edad a la gente aún le apetece mirarse desnuda en el espejo», dice.
«Unos vecinos ricos les regalaron los muebles», dice Windisch. «Y también un televisor. Junto a ellos vive una señora sola. Es una dama muy remilgada que nunca come carne, escribe el peletero. Se moriría si lo hiciera, le dijo.»
«A ésos les va demasiado bien», dice el guardián nocturno. «Que vengan aquí a Rumania y verás como comen de todo.»
«El peletero tiene un buen sueldo», dice Windisch. «Su mujer hace faenas de limpieza en un asilo de ancianos. La comida allí es buena. Cuando algún anciano celebra su cumpleaños, organizan un baile.»
El guardián nocturno se ríe. «Sería lo ideal para mí», dice. «Buena comida y unas cuantas jovenzuelas.» Muerde el corazón de una manzana. Las pepitas blancas resbalan sobre su chaqueta. «No sé», dice, «no logro decidirme a presentar mi solicitud».
Windisch ve el tiempo detenido en la cara del guardián nocturno. Windisch ve el final en las mejillas del guardián nocturno, lo ve quedarse allí hasta más allá del final.
Windisch mira la hierba. Sus zapatos están blancos de harina. «Una vez dado el primer paso», dice, «lo demás marcha solo».
El guardián nocturno suspira. «Es difícil cuando no se tiene a nadie», dice. «Dura mucho tiempo, y uno envejece, no rejuvenece.»
Windisch pone la mano sobre su pernera. Tiene la mano fría y el muslo caliente. «Aquí todo va de mal en peor», dice. «Nos quitan las gallinas, los huevos. Hasta el maíz nos lo quitan antes de que haya crecido. A ti acabarán quitándote la casa y el corral.»
La luna está enorme. Windisch oye a las ratas zambullirse en el agua. «Siento el viento», dice. «Las articulaciones de las piernas me duelen. Seguro que va a llover.»

jueves, 21 de octubre de 2010

El argentino que se hizo querer de todos, Gabriel García Marquez




Fui a Praga por última vez hace unos quince años, con Carlos Fuentes y Julio Cortázar. Viajábamos en tren desde París porque los tres éramos solidarios en nuestro miedo al avión y habíamos hablado de todo mientras atravesábamos la noche dividida de las Alemanias, sus océanos de remolacha, sus inmensas fábricas de todo, sus estragos de guerras atroces y amores desaforados. A la hora de dormir, a Carlos Fuentes se le ocurrió preguntarle a Cortázar cómo y en que momento y por iniciativa de quién se había introducido el piano en la orquesta de jazz. La pregunta era casual y no pretendía conocer nada más que una fecha y un nombre, pero la respuesta fue una cátedra deslumbrante que se prolonga hasta el amanecer, entre enormes vasos de cerveza y salchichas de perro con papas heladas. Cortázar, que sabía medir muy bien sus palabras, nos hizo una recomposición histórica y estética con una versación y una sencillez apenas creíbles, que culminó con las primeras luces en una apología homérica de Thelonius Monk. No sólo hablaba con una profunda voz de órgano de erres arrastradas, sino también con sus manos de huesos grandes como no recuerdo otras más expresivas. Ni Carlos Fuentes ni yo olvidaríamos jamás el asombro de aquella noche irrepetible. Doce años después vi a Julio Cortázar enfrentado a una muchedumbre en un parque de Managua, sin más armas que su voz hermosa y un cuento suyo de los más difíciles: La noche de Mantequilla Nápoles. Es la historia de un boxeador en desgracia contada por él mismo en lunfardo, el dialecto de los bajos fondos de Buenos Aires, cuya comprensión nos estaría vetada por completo al resto de los mortales si no la hubiéramos vislumbrado a través de tanto tango malevo; sin embargo, fue ese el cuento que el propio Cortázar escogía para leerlo en una tarima frente a la muchedumbre de un vasto jardín iluminado, entre la cual había de todo, desde poetas consagrados y albañiles cesantes, hasta comandantes de la revolución y sus contrarios. Fue otra experiencia deslumbrante. Aunque en rigor no era fácil seguir el sentido del relato, aún para los más entrenados en la jerga lunfarda, uno sentía y le dolían los golpes que recibía Mantequilla Nápoles en la soledad del cuadrilátero, y daban ganas de llorar por sus ilusiones y su miseria, pues Cortázar había logrado una comunicación tan entrañable con su auditorio que ya no le importaba a nadie lo que querían decir o no decir las palabras, sino que la muchedumbre sentada en la hierba parecía levitar en estado de gracia por el hechizo de una voz que no parecía de este mundo. Estos dos recuerdos de Cortázar que tanto me afectaron me parecen también las que mejor lo definían. Eran los dos extremos de su personalidad. En privado, como en el tren de Praga, lograba seducir por su elocuencia, por su erudición viva, por su memoria milimétrica, por su humor peligroso, por todo lo que hizo de él un intelectual de los grandes en el buen sentido de otros tiempos. En público, a pesar de su reticencia a convertirse en un espectáculo, fascinaba al auditorio con una presencia ineludible que tenía algo de sobrenatural, al mismo tiempo tierna y extraña. En ambos casos fue el ser humano más importante que he tenido la suerte de conocer.

martes, 12 de octubre de 2010

La tierra purpurea, Guillermo Enrique Hudson




—Les contaré la cosa más curiosa que jamás me ha pasao a mí —dijo Blas Arias—. Estaba yo viajando sólo
—por asuntos míos— en la frontera del norte. Atravesé el río Yaguarón, dentré en el territorio brasileño y anduve un día entero por un gran llano pantanoso, donde los juncos estaban secos y muertos, y no había más agua que algunos charcos barrosos. Era un lugar de quitarle a uno tuito el gusto por la vida. Lo que se estaba poniendo el sol y ya había perdido tuita esperanza de llegar al fin de aquel desierto, descubrí una tapera. Era de unos quince pasos de largo, con sólo una puertecita y no parecía estar habitá, pues naides me contestó a pesar de dar giieltas la tapera gritando a tuita voz. Oí gruñidos y chillidos que venían de dentro, y luego salió una chancha seguida por su cría; me miró y volvió a dentrarse. Habría seguido caminando adelante, pero estaban muy cansados mis fletes; además, parecía que juéramos a tener una tempestá de truenos y rejucilos, y no se vía ningún otro rancho ande pasar la noche. Ansina que desensillé mi caballo, solté la tropilla y llevé mi recao y otras pilchas pa dentro. La pieza era tan chica que la chancha con su cría la ocupaba tuita; había, sin embargo, otra pieza, y al abrir la puerta, que estaba cerrada, dentré y hallé que era mucho más grande que la primera; también vide en un rincón una cama muy sucia hecha de cueros, y en el suelo, un montón de cenizas y una olla negra. No se veía otra cosa sino giiesos viejos, pedazos de palo y otra basura desparramá por tuitas partes. Temiendo que el dueño de esa cueva inmunda juese a hallarme desprevenido, y no encontrando en ella nada que comer, volví a la primera pieza; eché ajuera a los chanchos y me senté en mi recao a esperar. Empezaba ya a escurecer cuando de repente se apareció a la puerta una mujer con un atao de leña. En mi perra vida, señores, he visto nada más asqueroso ni más horrible, Su cara era dura, muy negra y áspera como la corteza del ñandubay, mientras que en la cabeza tenía una porra que le llegaba hasta los hombros, seca y de un color a tierra. Tenía el cuerpo largo y grueso y las rodillas y los pies enormes, pero parecía pimea porque apenas tenía piernas; estaba vestida con unas mantas de caballo, viejas y rotosas, atadas al cuerpo con una lonja. Me miró con unos ojitos de ratón; entonces, poniendo su atao en el suelo, me preguntó qué era lo que quería. Le dije que era un viajero muy cansao y que quería algo que comer y donde alojarme. "Alojamiento puede tener dijo ella—, comida no hay, Y con eso, tomando su atao, se jué a la otra pieza, cerró la puerta y le echó el cerrojo por el lao de adentro. La mujer no era pa enamorar y no había el menor peligro que yo juera a intentar de dentrar a su pieza. Era una noche negra y tempestuosa y luego empezó a llover a cántaros. Varias veces la chancha con sus crías dentraron gruñendo pa buscar abrigo, y tuve que levantarme y echarlos a rebencazos pa juera. Por último, oi por el tabique que separaba las dos piezas, un ruido como si aquella asquerosa mujer estuviese haciendo juego, y luego dentró por las hendijas el olorcito a carne asada. Eso me llamó la atención porque yo había buscado por tuita la pieza y no había encontrao nada de comer. Colegí que ella la habría traído debajo de las mantas, pero ánde. la había conseguido era un misterio. Por último, empecé a quedarme dormido, llegaron a mis oídos ruidos de truenos y del viento, de los chanchos gruñendo a la puerta y el sonido del juego que venía de la pieza de la bruja. Pero luego parecieron mezclarse otros ruidos, se oiban las voces de personas que hablaban, tamién risas y canto. Entonces desperté bien, y encontré que las voces venían de lotra pieza. Alguien estaba tocando la vigiiela y cantando, otros hablaban, en voz alta y réiban. Traté de mirar por las hendijas de la puerta y la paré, pero jué al ñudo. ‘Muy arriba, en el medio del tabique, había una hendija grande por la que pareció que se podría ver el interior, juzgando por la luz del juego que por ay pasaba. Arrimé mi recao a la paré, doblé mis ponchos y pellones dos o tres veces, y los puse uno encima del otro hasta que los había amontonao del alto de la rodilla. Subiéndome sobre el recao y agarrándome del tabique con las uñas, conseguí asomarme por la hendija. La pieza estaba muy iluminá por un gran juego" de leña que ardía en un rincón, mientras que tendida en el suelo había una gran manta colorada y sentada en ella estaba la gente a la que había oído, con fruta y botellas de vino por delante. Ay estaba la asquerosa vieja bruja viéndose casi tan alta sentá como pará; estaba tocando la vigiiela y cantando una toná portuguesa. En la manta a sus pies estaba recostada una negra alta bien hecha; estaba casi desnuda; sólo llevaba puesta una faja angosta de género blanco alrededor de la cintura y unos anchos brazaletes de plata en sus gordos brazos negros. Estaba comiendo una banana, y apoyada en sus rodillas, que tenía encogidas, estaba una bonita chiquilla de unos quince años de edá, pálida y morena. Estaba vestida de blanco, tenía los brazos desnudos y una banda de oro le sujetaba el pelo que le caiba suelto sobre la espalda. Delante de ella, de rodillas en la manta, había un viejo mulato, la cara arrugada como una nuez y con una barba blanca como la alcachofa. Con una mano sosteniba el brazo de la chiquilla y con la otra le ofrecía una copa de vino. Esto lo vide de una sola mirada, y entonces tuitos miraron pa arriba a la hendija como si supieran que alguien los estaba aguaitando. Me eché atrás asustao y cal al suelo ¡pataplum! Entonces oí que se reiban, pero no me atreví a mirarlos otra vez. Llevé mi recao al otro lao de la pieza y me senté a esperar la mañana. La plática y las risas duraron unas dos horas más; entonces poco a poco dejaron de oirse; la luz desapareció de las hendijas y todo quedó a escuras y en silencio. Naides salió,’ y por último, vencido por el sueño, me quedé dormido. Era de día cuando desperté. Me levanté y di una güelta a la tapera y encontrando una rajadura en el adobe, me asomé pa dentro de la pieza de la bruja. Se vía lo mesmito que la noche antes; ay estaba la olla y el montón de cenizas, y en el rincón estaba echada la bruta de mujer engüelta en sus cueros. Después de eso monté mi caballo y me juí. ¡Quiera Dios que nunca jamás tenga otra vez una esperencia como la de aquella noche!

martes, 7 de septiembre de 2010

Diátriba contra el deportista, Don Rigoberto (Vargas Llosa)




Entiendo que usted corre tabla hawaiana en las encrespadas olas del Pacífico en el verano, en los inviernos se desliza en esquí por las pistas chilenas de Portillo y las argentinas de Bariloche (ya que los Andes peruanos no permiten esas rosqueterías), suda todas las mañanas en el gimnasio haciendo aeróbicos, o corriendo en pistas de atletismo, o por parques y calles, ceñido en un buzo térmico que le frunce el culo y la barriga como los corsés de antaño asfixiaban a nuestras abuelas, y no se pierde partido de la selección nacional, ni el clásico Alianza Lima versus Universitario de Deportes, ni campeonato de boxeo por el título sudamericano, latinoamericano, estadounidense, europeo o mundial, ocasiones en que, atornillado frente a la pantalla del televisor y amenizando el espectáculo con tragos de cerveza, cubalibres o whisky a las rocas, se desgañita, congestiona, aúlla, gesticula o deprime con las victorias o fracasos de sus ídolos, como corresponde al hincha antonomásico). Razones sobradas, señor, para que yo confirme mis peores sospechas sobre el mundo en que vivimos y lo tenga a usted por un descerebrado, cacaseno y subnormal. (Uso la primera y la tercera expresión como metáforas; la del medio, en sentido literal.)
Sí, efectivamente, en su atrofiado intelecto se ha hecho la luz: tengo a la práctica de los deportes en general, y al culto de la práctica de los deportes en particular, por formas extremas de la imbecilidad que acercan al ser humano al carnero, las ocas y la hormiga, tres instancias agravadas del gregarismo animal. Calme usted sus ansias cachascanistas de triturarme, y escuche, ya hablaremos de los griegos y del hipócrita mens sana in corpore sano dentro de un momento. Antes, debo decirle que los únicos deportes a los que exonero de la picota son los de mesa (excluido el ping-pong) y de cama (incluida, por supuesto, la masturbación). A los otros, la cultura contemporánea los ha convertido en obstáculos para el desenvolvimiento del espíritu, la sensibilidad y la imaginación (y, por tanto, del placer). Pero, sobre todo, de la conciencia y la libertad individual. Nada ha contribuido tanto en este tiempo, más aún que las ideologías y religiones, a promover el despreciable hombre-masa, el robot de condicionados reflejos, a la resurrección de la cultura del primate de tatuaje y taparrabos emboscados detrás de la fachada de la modernidad, como la divinización de los ejercicios y juegos físicos operada por la sociedad de nuestros días.
Ahora, podemos hablar de los griegos, para que no me joda más con Platón y Aristóteles. Pero, le prevengo, el espectáculo de los efebos atenienses untándose de ungüentos en el Gymnasium antes de medir su destreza física, o lanzando el disco y la jabalina bajo el purísimo azul del cielo egeo, no vendrá en su ayuda sino a hundirlo más en la ignominia, bobalicón de músculos endurecidos a expensas de su caudal de testosterona y desplome de su IQ. Sólo los pelotazos del fútbol o los puñetazos del boxeo o las ruedas autistas del ciclismo y la prematura demencia senil (¿además de la merma sexual, incontinencia e impotencia?) que ellos suelen provocar, explica la pretensión de establecer una línea de continuidad entre los entunicados fedros de Platón frotándose de resinas después de sus sensuales y filosóficas demostraciones físicas, y las hordas beodas que rugen en las tribunas de los estadios modernos (antes de incendiarlas) en los partidos de fútbol contemporáneos, donde veintidós payasos desindividualizados por uniformes de colorines, agitándose en el rectángulo de césped detrás de una pelota, sirven de pretexto para exhibicionismos de irracionalidad colectiva.
El deporte, cuando Platón, era un medio, no un fin, como ha tornado a ser en estos tiempos municipalizados de la vida. Servía para enriquecer el placer de los humanos (el masculino, pues las mujeres no lo practicaban), estimulándolo y prolongándolo con la representación de un cuerpo hermoso, tenso, desgrasado, proporcionado y armonioso, e incitándolo con la calistenia pre-erótica de unos movimientos, posturas, roces, exhibiciones corporales, ejercicios, danzas, tocamientos, que inflamaban los deseos hasta catapultar a participantes y espectadores en el acoplamiento. Que éstos fueran eminentemente homosexuales no añade ni quita coma a mi argumentación, como tampoco que, en el dominio del sexo, el suscrito sea aburridamente ortodoxo y sólo ame a las mujeres —por lo demás, a una sola mujer—, totalmente inapetente para la pederastia activa o pasiva. Entiéndame, no objeto nada de lo que hacen los gays. Celebro que la pasen bien y los apuntalo en sus campañas contra las leyes que los discriminan. No puedo acompañarlos más allá, por una cuestión práctica. Nada relativo al quevedesco «ojo del culo» me divierte. La Naturaleza, o Dios, si existe y pierde su tiempo en estas cosas, ha hecho de ese secreto ojal el orificio más sensible de todos los que me horadan. El supositorio lo hiere y el vitoque de la lavativa lo ensangrienta (me lo introdujeron una vez, en período de constipación empecinada, y fue terrible) de modo que la idea de que haya bípedos a los que entretenga alojar allí un cilindro viril me produce una espantada admiración. Estoy seguro de que, en mi caso, además de alaridos, experimentaría un verdadero cataclismo psicosomático con la inserción, en el delicado conducto de marras, de una verga viva, aun siendo ésta de pigmeo. El único puñete que he dado en mi vida lo encajó un médico que, sin prevenirme y con el pretexto de averiguar si tenía apendicitis, intentó sobre mi persona una tortura camuflada con la etiqueta científica de «tacto rectal». Pese a ello, estoy teóricamente a favor de que los seres humanos hagan el amor al derecho o al revés, solos o por parejas o en promiscuos contubernios colectivos (ajjjj), de que los hombres copulen con hombres y las mujeres con mujeres y ambos con patos, perros, sandías, plátanos o melones y todas las asquerosidades imaginables si las hacen de común acuerdo y en pos del placer, no de la reproducción, accidente del sexo al que cabe resignarse como a un mal menor, pero de ninguna manera santificar como justificación de la fiesta carnal (esta imbecilidad de la Iglesia me exaspera tanto como un match de básquet). Retomando el hilo perdido, aquella imagen de los vejetes helenos, sabios filósofos, augustos legisladores, aguerridos generales o sumos sacerdotes yendo a los gimnasios a desentumecer su libido con la visión de los jóvenes discóbolos, luchadores, marathonistas o jabalinistas, me conmueve. Ese género de deporte, Celestino del deseo, lo condono y no vacilaría en practicarlo, si mi salud, edad, sentido del ridículo y disponibilidad horaria, lo permitieran.
Hay otro caso, más remoto todavía para el ámbito cultural nuestro (no sé por qué lo incluyo a usted en esa confraternidad, ya que a fuerza de patadones y cabezazos futboleros, sudores ciclísticos o contrasuelazos de karateca se ha excluido de ella) en que el deporte tiene también cierta disculpa. Cuando, practicándolo, el ser humano trasciende su condición animal, toca lo sagrado y se eleva a un plano de intensa espiritualidad. Si se empeña en que usemos la arriesgada palabra «mística», sea. Obviamente, esos casos, ya muy raros, de los que es exótica reminiscencia el sacrificado luchador de sumo japonés, cebado desde niño con una feroz sopa vegetariana que lo elefantiza y condena a morir con el corazón reventado antes de los cuarenta y a pasarse la vida tratando de no ser expulsado por otra montaña de carne como él fuera del pequeño círculo mágico en el que está confinada su vida, son inasimilables a los de esos ídolos de pacotilla que la sociedad posindustrial llama «mártires del deporte». ¿Dónde está el heroísmo en hacerse mazamorra al volante de un bólido con motores que hacen el trabajo por el humano o en retroceder de ser pensante a débil mental de sesos y testículos apachurrados por la práctica de atajar o meter goles a destajo, para que unas muchedumbres insanas se desexualicen con eyaculaciones de egolatría colectivista a cada tanto marcado? Al hombre actual, los ejercicios y competencias físicas llamadas deportes, no lo acercan a lo sagrado y religioso, lo apartan del espíritu y lo embrutecen, saciando sus instintos más innobles: la vocación tribal, el ma-chismo, la voluntad de dominio, la disolución del yo individual en lo amorfo gregario.
No conozco mentira más abyecta que la expresión con que se alecciona a los niños: «Mente sana en cuerpo sano». ¿Quién ha dicho que una mente sana es un ideal deseable? «Sana» quiere decir, en este caso, tonta, convencional, sin imaginación y sin malicia, adocenada por los estereotipos de la moral establecida y la religión oficial. ¿Mente «sana», eso? Mente conformista, de beata, de notario, de asegurador, de monaguillo, de virgen y de boyscout. Eso no es salud, es tara. Una vida mental rica y propia exige curiosidad, malicia, fantasía y deseos insatisfechos, es decir, una mente «sucia», malos pensamientos, floración de imágenes prohibidas, apetitos que induzcan a explorar lo desconocido y a renovar lo conocido, desacatos sistemáticos a las ideas heredadas, los conocimientos manoseados y los valores en boga.
Ahora bien, tampoco es cierto que la práctica de los deportes en nuestra época cree mentes sanas en el sentido banal del término. Ocurre lo contrario, y lo sabes mejor que nadie, tú, que, por ganar los cien metros planos del domingo, meterías arsénico y cianuro en la sopa de tu competidor y te tragarías todos los estupefacientes vegetales, químicos o mágicos que te garanticen la victoria, y corromperías a los arbitros o los chantajearías, urdirías conjuras médicas o legales que descalificaran a tus adversarios, y que vives neurotizado por la fijación en la victoria, el récord, la medalla, el podium, algo que ha hecho de ti, deportista profesional, una bestia mediática, un antisocial, un nervioso, un histérico, un psicópata, en el polo opuesto de ese ser sociable, generoso, altruista, «sano», al que quiere aludir el imbécil que se atreve todavía a emplear la expresión «espíritu deportivo» en el sentido de noble atleta cargado de virtudes civiles, cuando lo que se agazapa tras ella es un asesino potencial dispuesto a exterminar arbitros, achicharrar a todos los fanáticos del otro equipo, devastar los estadios y ciudades que los albergan y provocar el apocalíptico final, ni siquiera por el elevado propósito artístico que presidió el incendio de Roma por el poeta Nerón, sino para que su Club cargue una copa de falsa plata o ver a sus once ídolos subidos en un podio, flamantes de ridículo en sus calzones y camisetas rayadas, las manos en el pecho y los ojos encandilados ¡cantando un himno nacional!

lunes, 23 de agosto de 2010

La frontera del arte, Eduardo Galeano




fotografía de Robert Capa

Fue la batalla más larga de cuantas se pelearon en Tuscatlán o en cualquier otra región de El Salvador.
Empezó a la medianoche, cuando las primeras granadas cayeron sobre la loma, y duró toda la noche y hasta la tarde del día siguiente. Los militares decían que Cinquera era inexpugnable. Cuatro veces la habían asaltado los guerrilleros, y cuatro veces habían fracasado.
La quinta vez, cuando se alzó la bandera blanca en el mástil de la comandancia, los tiros al aire empezaron los festejos.
Julio Ama, que peleaba y fotografiaba la guerra, andaba caminando por las calles. Llevaba su fusil en la mano y la cámara, también cargada y lista para disparar, colgada del cuello. Andaba Julio por las calles, polvorientas, en busca de los hermanos gemelos. Esos gemelos eran los únicos sobrevivientes de una aldea exterminada por el ejército. Tenían dieciséis años. Les gustaba combatir junto a Julio: y en las entreguerras, él les enseñaba a leer y a fotografiar. En el torbellino de esa batalla, Julio había perdido a los gemelos, y ahora no los veía entre los vivos ni entre los muertos.
Caminó a través del parque. En la esquina de la iglesia, se metió en un callejón. Y entonces, por fin, los encontró. Uno de los gemelos estaba sentado en el suelo, de espaldas contra un muro. Sobre sus rodillas, yacía el otro, bañado en sangre; y a los pies, en cruz, estaban los dos fusiles.
Julio se acercó, quizá dijo algo. El gemelo que vivía no dijo nada, ni se movió: estaba allí, pero no estaba. Sus ojos, que no pestañaban, miraban sin ver, perdidos en alguna parte, en ninguna parte: y en esa cara sin lágrimas estaba toda la guerra y estaba todo el dolor.
Julio dejó su fusil en el suelo y empuñó la cámara.
Corrió la película, calculó en un santiamén la luz y la distancia y puso en foco la imagen. Los hermanos estaban en el centro del visor, inmóviles, perfectamente recortados contra el muro recién mordido por las balas.
Julio iba a tomar la foto de su vida, pero el dedo no quiso. Julio lo intentó, volvió a intentarlo, y el dedo no quiso. Entonces, bajó la cámara, sin apretar el disparador, y se retiró en silencio.
La cámara, una Minolta, murió en otra batalla, ahogada en lluvia, un año después.

martes, 3 de agosto de 2010

El pibe que arruinaba las fotos, Hernán Casciari




En la infancia yo siempre arruinaba las fotos. Todas las fotos. A los tres años empecé a desarrollar esta patología extraña, perversa, fruto de algún complejo o trauma no resuelto. No sé bien por qué lo hacía, pero no era capaz de evitarlo. Podría definirse como un tic, pero no lo era. Podía pensarse que se trataba de una gracia infantil, pero tampoco. Me pasó durante años y lo sufrí en silencio hasta hoy, que me atrevo a contarlo.
Todavía me causa un poco de vergüenza hablar del tema.
Cada vez que veía a alguien a punto de hacerme una fotografía, individual o de grupo, casual o pautada, una fuerza más poderosa que cien caballos me obligaba a poner un determinado gesto histriónico. Siempre el mismo gesto, durante dolorosísimos años. En mi casa de Mercedes hay cantidad de fotos mías, que van desde que tengo uso de razón y hasta el otoño en que el presidente Videla vino en persona al colegio y nos regaló una jaula gigante; en todas las fotos de esa época aparezco inmortalizado con esa cara de idiota. Burlándome del buen gusto; despreciando la posteridad de los álbumes familiares.
La mueca, técnicamente hablando, era un homenaje involuntario a cuatro celebridades de entonces. Un segundo antes del flash, yo inflaba las mejillas como el actor mexicano Carlos Villagrán, ponía la trompa como el cómico argentino José Marrone, y los ojos bizcos como la vedette Susana Giménez. A la vez, ladeaba un poco el cogote para la derecha, como el científico Stephen Hawking. El resultado era de un patetismo brutal.
Las primeras ocho o doce veces que lo hice me festejaron la gracia.
Según mis estudios posteriores, comencé a desarrollar esta enfermedad en Mar del Plata, en el verano del setenta y cuatro. La primera foto que arruiné todavía existe, descolorida, en algún cajón de mi casa. En toda la
serie de fotografías de aquellas vacaciones tengo ese gesto infame. Pero mis padres no captaron entonces la gravedad del suceso.

...

Paola Soto no tenía tetas, pero tampoco le hacían falta. Tenía algo mucho más sutil: tenía, para mi gusto, la mejor risa de la escuela. Su felicidad obraba con el mismo retraso que el trueno y el relámpago. En la tormenta, primero aparece el destello y un rato después llega el estruendo. En la risa de Paola Soto, primero le subían los colores a la cara, de un rojo íntimo, y después le explotaba la boca de alegría. Yo no podía sostener la vista cuando ella se reía, en grupo de tres o cuatro, con sus amigas del recreo. Además, tenía la virtud de reírse poco, y nunca porque sí; no regalaba esa magia a cualquiera. Yo no la podía hacer reír, estaba minusválido de sus dientes.
No la podía hacer reír porque venía mal acostumbrado desde la cuna.
En casa y en el barrio divertía a todos con cualquier morisqueta de nene gordo. Hasta los cinco años provocar la risa ajena era tan sencillo como bajarse medio tarro de dulce de leche.
La infancia en general es fácil para el comediante; los padres son críticos muy parciales y cualquier idiotez es bien recibida hasta un cierto punto. Antes de la patología fotográfica, yo era Jerry Lewis en el hogar, y también en el jardín de infantes. Pero entonces empecé la escuela primaria y todo cambió. Apareció Paola Soto, me topé con el amor despiadado, con el dolor de panza. Me topé con la dificultad de su risa.




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viernes, 30 de julio de 2010

Mañana en la batalla piensa en mí, Javier Marías




Nadie piensa nunca que pueda ir a encontrarse con una muerta entre los brazos y que ya no verá más su rostro cuyo nombre recuerda. Nadie piensa nunca que nadie vaya a morir en el momento más inadecuado a pesar de que eso sucede todo el tiempo, y creemos que nadie que no esté previsto habrá de morir junto a nosotros. Muchas veces se ocultan los hechos o las circunstancias: a los vivos y al que se muere —si tiene tiempo de darse cuenta— les avergüenza a menudo la forma de la muerte posible y sus apariencias, también la causa. Una indigestión de marisco, un cigarrillo encendido al entrar en el sueño que prende las sábanas, o aún peor, la lana de una manta; un resbalón en la ducha —la nuca— y el pestillo echado del cuarto de baño, un rayo que parte un árbol en una gran avenida y ese árbol que al caer aplasta o siega la cabeza de un transeúnte, quizá un extranjero; morir en calcetines, o en la peluquería con un gran babero, en un prostíbulo o en el dentista; o comiendo pescado y atravesado por una espina, morir atragantado como los niños cuya madre no está para meterles un dedo y salvarlos; morir a medio afeitar, con una mejilla llena de espuma y la barba ya desigual hasta el fin de los tiempos si nadie repara en ello y por piedad estética termina el trabajo; por no mencionar los momentos más innobles de la existencia, los más recónditos, de los que nunca se habla fuera de la adolescencia porque fuera de ella no hay pretexto, aunque también hay quienes los airean por hacer una gracia que jamás tiene gracia. Pero esa es una muerte horrible, se dice de algunas muertes; pero esa es una muerte ridicula, se dice también, entre carcajadas. Las carcajadas vienen porque se habla de un enemigo por fin extinto o de alguien remoto, alguien que nos hizo afrenta o que habita en el pasado desde hace mucho, un emperador romano, un tatarabuelo, o bien alguien poderoso en cuya muerte grotesca se ve sólo la justicia aún vital, aún humana, que en el fondo desearíamos para todo el mundo, incluidos nosotros. Cómo me alegro de esa muerte, cómo la lamento, cómo la celebro. A veces basta para la hilaridad que el muerto sea alguien desconocido, de cuya desgracia inevitablemente risible leemos en los periódicos, pobrecillo, se dice entre risas, la muerte como representación o como espectáculo del que se da noticia, las historias todas que se cuentan o leen o escuchan percibidas como teatro, hay siempre un grado de irrealidad en aquello de lo que nos enteran, como si nada pasara nunca del todo, ni siquiera lo que nos pasa y no olvidamos. Ni siquiera lo que no olvidamos.  

sábado, 24 de julio de 2010

Confesiones de un inglés comedor de opio, Thomas de Quincey




Al lector

Te ofrezco, amable lector, el relato de una época notable de mi vida; confío en que, vista la aplicación que le doy, será no sólo un relato interesante sino también útil e instructivo en grado considerable. Con esa esperanza lo he redactado y esa será mi disculpa por romper la reserva delicada y honorable que, por lo general, nos impide mostrar en público los propios errores y debilidades. Nada en verdad más repugnante a los sentimientos ingleses que el espectáculo de un ser humano que impone a nuestra atención sus úlceras o llagas morales y arranca el «decoroso manto» con que las han cubierto el tiempo o la indulgencia ante las flaquezas humanas; a ello se debe que la mayoría de nuestras confesiones (me refiero a las confesiones espontáneas y extrajudiciales) procedan de gentes de dudosa reputación, picaros o aventureros, y que para encontrar tales actos de gratuita humillación de sí mismo en quienes cabría suponer de acuerdo con el sector decente y respetable de la sociedad tengamos que acudir a la literatura francesa o a esa parte de la alemana contaminada por la sensibilidad espúrea y deficiente de los franceses. Tan firmemente lo creo, tanto me inquieta la posibilidad de que se me reprochen esas tendencias, que durante varios meses he dudado si convenía que ésta o cualquier otra parte de mi narración llegase a ojos del público antes de mi muerte (después de la cual, por muchas razones, se publicará en su integridad), y, si en última instancia he acabado por tomar una decisión, no fue sin antes sopesar ansiosamente los argumentos en pro y en contra de ella.

...y aquí unos párrafos que se resisten al olvido...

Entre las muchas penas que todos encontramos en la vida ésta ha sido mi más honda aflicción.
Si vive no hay duda que a veces nos hemos buscado en el mismo instante a través de los poderosos laberintos de Londres; tal vez hemos estado a pocos pasos uno del otro; ¡no es más ancha la barrera en una calle de Londres y muchas veces equivale a la separación por toda la eternidad!
Durante años tuve esperanza de que viviera y supongo que, en el sentido literal y no retórico de la palabra miríada, puedo decir que en mis distintas visitas a Londres he mirado muchas miríadas de rostros de mujeres con la esperanza de encontrarla. La reconocería entre mil con sólo verla un instante pues, aunque no era hermosa, tenía una expresión de dulzura y un gracioso porte de cabeza que le era propio.
La busqué, he dicho, con esperanza. Así fue durante años pero ahora tendría miedo de verla: y su tos, que me entristeció al separarme de ella, es ahora mi consuelo.

...

Así pues, calle Oxford, ¡madrastra de corazón de piedra! Tú que escuchaste los suspiros de los huérfanos y bebiste las lágrimas de los niños, al cabo fui despedido de tu presencia, llegó por fin el momento en que no volvería a recorrer lleno de angustia tus aceras interminables, en que ya no soñaría ni me despertaría otra vez en el cautiverio de los tormentos del hambre.
Sin duda, Ann y yo tuvimos demasiados sucesores que desde entonces marcharon sobre nuestras huellas, herederos de nuestras calamidades: otros huérfanos que no eran Ann suspiraron, otros niños vertieron lágrimas, y tú, calle Oxford, resonaste desde entonces con los gemidos de innumerables corazones. Pero en mi caso se diría que la tempestad a que sobreviví trajo consigo una promesa de buen tiempo y que con mis sufrimientos prematuros pagué por adelantado el rescate de muchos años por venir y el precio de una larga inmunidad al dolor, y si volví a caminar por la calle de Oxford, solitario, contemplativo, fue casi siempre sereno y con el corazón en calma. Y aunque es cierto que las desgracias de mi noviciado de Londres se arraigaron tan hondamente en mi constitución física que más tarde brotaron y florecieron otra vez, follaje nocivo cuya sombra oscureció mi vida, estos segundos asaltos del sufrimiento encontraron una fortaleza más probada, los recursos de una inteligencia más madura y los paliativos de un afecto compadecido, hondo y tiernísimo.

domingo, 11 de julio de 2010

Allá lejos y hace tiempo, Erique Hudson -párrafo-




Aquel era un hombre rudo, de aspecto severo, tupida cabellera plateada y ojos grises. Todo un gaucho en su indumentaria y su primitiva forma de vida. Conservaba un poco de tierra y algunos animales, modesto remanente de la estancia de sus antepasados. Se trataba, empero, de un anciano vigoroso que pasaba medio día a caballo cuidando de los animales que le quedaban, su único capital, de los cuales dependía su sustento.
El día de nuestra charla se hallaba de visita en casa. Había salido al campo y se había acercado al lugar donde yo me encontraba trabajando.
Tomando asiento en un banco, me llamó. Me aproximé muy contento, seguro de que tendría alguna novedad interesante acerca de mi tema favorito, las aves. Sin embargo, se quedó callado largo rato, fumando su cigarro y contemplando el cielo como si observara el humo deshaciéndose en el aire. Finalmente rompió el silencio.
Mire, dijo , usted es apenas un jovencito pero puede explicarme algo que yo ignoro. Sus padres leen libros y todos ustedes escuchan sus conversaciones y aprenden cosas. Nosotros somos católicos, ustedes protestantes. Nosotros decimos que ustedes son herejes y que por lo tanto no tienen salvación. Ahora bien: quiero que me cuente cuál es la diferencia entre nuestra religión y la suya.
Le expliqué el asunto lo mejor que pude y agregué no sin cierta malicia - que la principal diferencia residía en el hecho de que la religión católica era una forma corrompida de Cristianismo y la nuestra una forma pura.
Mis palabras no parecieron producir efecto alguno en mi interlocutor.
Siguió fumando impasible, mirando el cielo, como si no me hubiera oído. Al cabo de un rato, volvió a hablar.
Ahora sé. Estas diferencias carecen de importancia para mí y a pesar de mi curiosidad por conocerlas, veo que no vale la pena seguir hablando de ellas. Estoy convencido de que todas las religiones son falsas.
¿Qué quiere decir? ¿Cómo lo sabe? pregunté sorprendido.
Nuestros sacerdotes dicen respondió - que debemos tener fe y vivir una vida religiosa en este mundo para poder salvarnos. Los de ustedes hacen lo mismo. Y como no existe el mundo y nosotros no tenemos alma, todo lo que dicen resulta una mentira. Todo esto que ve continuó, abriendo los brazos para indicar el mundo visible , lo ve usted con sus ojos. Cuando uno los cierra o se queda ciego ya no puede ver nada. Lo mismo ocurre con el cerebro. Pensamos y recordamos, pero cuando el cerebro se corrompe nos olvidamos de todo. Al morir todos esos recuerdos y pensamientos mueren con nosotros. ¿Acaso no tiene el ganado ojos para ver y cerebros para pensar y recordar? Cuando muere a ningún sacerdote se le ocurre decir que tiene alma y que debe ir al purgatorio o dondequiera que se le antoje enviarlo. Ahora, en retribución a su contestación, le he hecho saber algo que usted no sabía.
Me estremecí al escuchar sus palabras. Hasta ese momento yo había creído que el mal de nuestros amigos, los gauchos, era mostrarse demasiado creyente. Pero este hombre, este viejo gaucho bueno y honesto a quien todos respetábamos, no creía en nada. Traté de discutir con él. Le señalé que había dicho algo terrible. Todo el mundo sabía en su corazón que estaba dotado de un alma inmortal y que había que someterse a juicio después de la muerte.
Me había angustiado y asustado. Sin embargo, seguía fumando tranquilamente, Parecía no prestar mayor atención a lo que yo le decía.
Como insistía en guardar silencio, prorrumpí exclamando:
¿Cómo lo sabe? ¿Por qué afirma con tanta seguridad que sabe la verdad?
Al fin se decidió a hablar.
Escúcheme. Yo también fui un muchachito y sé que un chico de catorce años puede comprender las cosas tan bien como un hombre.
Yo fui hijo único de madre viuda. Yo era todo para ella y ella significaba más para mí que cualquier otro ser en este mundo. Estábamos solos los dos y juntos. No teníamos a nadie más. Ella murió. ¿Cómo podría expresar lo que su pérdida representó en mi vida? ¿Cómo podría usted comprender lo que sentí? Después de que se llevaron su cuerpo y lo enterraron, me dije: "No está muerta. Dondequiera que se encuentre, en el cielo, el purgatorio o en el sol, habrá de acordarse de mí. Vendrá para confortarme". Y cuando oscureció y volví a casa solo, me senté en el fondo a esperarla. Pasaron muchas horas. "Va a venir", me decía, ¿Podré verla o no? Tal vez se presente como un murmullo en mi oído, o sienta el contacto de su mano en la mía. Sea como sea, sabré que está conmigo". Cansado de esperar y esperar en vano me fui a la cama, pensando que seguramente vendría al día siguiente. Y así se sucedieron las noches y los días. A veces, subía yo la escalera que estaba siempre apoyada contra la pared. Una vez en el techo, me ponía a contemplar la llanura y los caballos pastando. Pasaba horas sentado o acostado allí arriba llamándola a gritos. "¡Volvé, mamá! ¡Mamita vení! No puedo vivir sin vos. Volvé prontito, antes de que se me parta el corazón de dolor". Así clamaba cada noche, hasta que agotado por la vigilia regresaba a mi habitación. Nunca volvió y al fin me persuadí de que había muerto y de que nuestra separación sería eterna. No había vida después de la muerte.
Su historia me llegó al corazón. Sin decir una palabra me alejé.
Luego logre convencerme de que la pena que sentía por la muerte de su madre lo había trastornado. Todas esas ideas equivocadas que se habían afincado en su mente durante la niñez no habían sufrido ninguna evolución posterior. Así se habían conservado toda la vida.
Con todo, un par de años más tarde el recuerdo de sus palabras volvía a asaltarme. Fue justamente en ese estado de perturbación que leyendo Physiology de George Combe, di con un pasaje en el que el autor trata el tema de la inmortalidad. Combe sostiene que el deseo de inmortalidad no es universal y para fundamentar su afirmación añade que él mismo jamás había experimentado tal anhelo en toda su vida.

sábado, 10 de julio de 2010

Todo tiene su tiempo, Eclestiastés 3



Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora. Tiempo de nacer, y tiempo de morir; tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado; tiempo de matar, y tiempo de curar; tiempo de destruir, y tiempo de edificar; tiempo de llorar, y tiempo de reír; tiempo de endechar, y tiempo de bailar; tiempo de esparcir piedras, y tiempo de juntar piedras; tiempo de abrazar, y tiempo de abstenerse de abrazar; tiempo de buscar, y tiempo de perder; tiempo de guardar, y tiempo de desechar; tiempo de romper, y tiempo de coser; tiempo de callar, y tiempo de hablar; tiempo de amar, y tiempo de aborrecer; tiempo de guerra, y tiempo de paz. ¿Qué provecho tiene el que trabaja, de aquello en que se afana? Yo he visto el trabajo que Dios ha dado a los hijos de los hombres para que se ocupen en él. Todo lo hizo hermoso en su tiempo; y ha puesto eternidad en el corazón de ellos, sin que alcance el hombre a entender la obra que ha hecho Dios desde el principio hasta el fin. Yo he conocido que no hay para ellos cosa mejor que alegrarse, y hacer bien en su vida; y también que es don de Dios que todo hombre coma y beba, y goce el bien de toda su labor. He entendido que todo lo que Dios hace será perpetuo; sobre aquello no se añadirá, ni de ello se disminuirá; y lo hace Dios, para que delante de él teman los hombres. Aquello que fue, ya es; y lo que ha de ser, fue ya; y Dios restaura lo que pasó.  

miércoles, 7 de julio de 2010

La tregua, Mario Benedetti -párrafo-




Lunes 11 de febrero

Sólo me faltan seis meses y veintiocho días para estar en condiciones de jubilarme. Debe hacer por lo menos cinco años que llevo este cómputo diario de mi saldo de trabajo. Verdaderamente, ¿preciso tanto el ocio? Yo me digo que no, que no es el ocio lo que preciso sino el derecho a trabajar en aquello que quiero. ¿Por ejemplo?
El jardín, quizá. Es bueno como descanso activo para los domingos, para contrarrestar la vida sedentaria y también como secreta defensa contra mi futura y garantizada artritis. Pero me temo que no podría aguantarlo diariamente. La guitarra, tal vez. Creo que me gustaría. Pero debe ser algo desolador empezar a estudiar solfeo a los cuarenta y nueve años. ¿Escribir? Quizá no lo hiciera mal, por lo menos la gente suele disfrutar con mis cartas.
¿Y eso qué? Imagino una notita bibliográfica sobre los atendibles valores de ese novel autor que roza la cincuentena y la mera posibilidad me causa repugnancia. Que yo me sienta, todavía hoy, ingenuo e inmaduro (es decir, con sólo los defectos de la juventud y casi ninguna de sus virtudes) no significa que tenga el derecho de exhibir esa ingenuidad y esa inmadurez. Tuve una prima solterona que cuando hacía un postre lo mostraba a todos, con una sonrisa melancólica y pueril que le había quedado prendida en los labios desde la época en que hacía méritos frente al novio motociclista que después se mató en una de nuestras tantas Curvas de la Muerte. Ella vestía correctamente, en un todo de acuerdo con sus cincuenta y tres; en eso y lo demás era discreta, equilibrada, pero aquella sonrisa reclamaba, en cambio, un acompañamiento de labios frescos, de piel rozagante, de piernas torneadas, de veinte años. Era un gesto patético, sólo eso, un gesto que no llegaba nunca a parecer ridículo, porque en aquel rostro había, además, bondad. Cuántas palabras, sólo para decir que no quiero parecer patético.

lunes, 5 de julio de 2010

Azteca, Gary Jennings -párrafo-




Mi señor.
Perdóneme, mi señor, de que no conozca su formal y digno tratamiento honorífico, pero confío en no ofender a mi señor. Usted es un hombre y jamás ningún hombre entre todos los hombres que he conocido en mi vida se ha resentido por haber sido llamado señor. Así que, mi señor.
O, Su Ilustrísima, ¿no es así?
Ayyo, un tratamiento todavía más esclarecido, lo que nosotros llamaríamos en estas tierras un ahuaquáhuitl, un árbol de gran sombra. Su Ilustrísima, así lo llamaré entonces.
Estoy muy impresionado, Su Ilustrísima, de que un personaje de tan alta eminencia haya llamado a una persona como yo, para hablar en su presencia.
Ah, no, Su Ilustrísima, no se moleste si le parece que le estoy adulando, Su Ilustrísima. Corre el rumor por toda la ciudad, y también sus servidores aquí presentes me lo han manifestado en una forma llana, de cuan augusto es usted como hombre, Su Ilustrísima, mientras que yo no soy otra cosa más que un trapo gastado, una migaja de lo que fui en otro tiempo. Su Ilustrísima está adornado con ricos atavíos, seguro de su conspicua excelencia, y yo, solamente soy yo.
Sin embargo. Su Ilustrísima desea escuchar lo que fui. Esto, también me ha sido explicado. Su Ilustrísima desea saber lo que era mi gente, esta tierra, nuestras vidas en los años, en las gavillas de años, antes de que le pareciera a la Excelencia de su Rey liberarnos con sus cruciferos y sus ballesteros de nuestra esclavitud, a la que nos habían llevado nuestras costumbres bárbaras.
¿Es esto correcto? Entonces lo que me pide Su Ilustrísima está lejos de ser fácil. ¿Cómo en esta pequeña habitación, proviniendo de mi pequeño intelecto, en el pequeño tiempo de los dioses... de Nuestro Señor, que ha permitido preservar mis caminos y mis días... cómo puedo evocar la inmensidad de lo que era nuestro mundo, la variedad de su pueblo, los sucesos de las gavillas tras gavillas de años?
Piense, Su Ilustrísima; imagíneselo como un árbol de gran sombra. Vea en su mente su inmensidad, sus poderosas ramas y los pájaros que habitan entre ellas; el follaje lozano, la luz del sol a través de él, la frescura que deja caer sobre la casa, sobre una familia; la niña y el niño que éramos mi hermana y yo. ¿Podría Su Ilustrísima comprimir ese árbol de gran sombra dentro de una bellota, como la que una vez el padre de Su Ilustrísima empujó entre las piernas de su madre?
Yya, ayya, he desagradado a Su Ilustrísima y consternado a sus escribanos. Perdóneme, Su Ilustrísima. Debí haber supuesto que la copulación privada de los hombres blancos con sus mujeres blancas debe ser diferente, más delicada, de como yo los he visto copular a la fuerza con nuestras mujeres en público, y seguramente la cristiana copulación de la cual fue producto Su Ilustrísima, debió de haber sido aún mucho más delicada que...
 Sí, sí. Su Ilustrísima, desisto.

domingo, 4 de julio de 2010

Sentido y sensibilidad, Jane Austen –Párrafo–




-¿Está en Longstaple la señora Ferrars?
-¡En Longstaple! -replicó él, con aire sorprendido-. No, mi madre está en la ciudad.
-Me refería -dijo Elinor, tomando una de las labores de encima de la mesa- a la señora de Edward Ferrars.
No se atrevió a levantar la vista; pero su madre y Marianne dirigieron sus ojos a él. Edward enrojeció, pareció sentirse perplejo, la miró con aire de duda y, tras
algunas vacilaciones, dijo:
-Quizá se refiera... mi hermano... se refiera a la señora de Robert Ferrars.
-¡La señora de Robert Ferrars! -repitieron Marianne y su madre con un tono de enorme asombro; y aunque Elinor no fue capaz de hablar, también le clavó los ojos con el mismo impaciente desconcierto. El se levantó de su asiento y se dirigió a la ventana, aparentemente sin saber qué hacer; tomó unas tijeras que se encontraban por allí, y mientras cortaba en pedacitos la funda en que se guardaban, arruinando así ambas cosas, dijo con tono apurado:
-Quizá no lo sepan, no hayan sabido que mi hermano se ha casado recién con... con la menor... con la señorita Lucy Steele.
Sus palabras fueron repetidas con indecible asombro por todas, salvo Elinor, que siguió sentada con la cabeza inclinada sobre su labor, en un estado de agitación tan grande que apenas sabía dónde se encontraba.
-Sí -dijo él-, se casaron la semana pasada y ahora están en Dawlish.
Elinor no pudo seguir sentada. Salió de la habitación casi corriendo, y tan pronto cerró la puerta, estalló en lágrimas de alegría que al comienzo pensó no iban a terminar nunca. Edward, que hasta ese momento había mirado a cualquier parte menos a ella, la vio salir a la carrera y quizá vio -o incluso escuchó- su emoción, pues inmediatamente después se sumió en un estado de ensueño que ninguna observación ni pregunta afectuosa de la señora Dashwood pudo penetrar; finalmente, sin decir palabra, abandonó la habitación y salió hacia la aldea, dejándolas estupefactas y perplejas ante un cambio en las circunstancias tan maravilloso y repentino, entregadas a un desconcierto que sólo podían paliar a través de conjeturas.


lunes, 28 de junio de 2010

Georges de la Tour




Quisiera hoy que la hierba fuera blanca para despreciar la evidencia de que te veo sufrir; no estaría mirando bajo tu mano tan joven la forma dura y sin revoque de la muerte. Un día arbitrario, otros, sin embargo menos ávidos que yo, retirarán tu camisa de tela, ocuparán tu alcoba. Pero al irse olvidarán ahogar la lamparilla y por el puñal de la llama se derramará un poco de aceite sobre la imposible solución.

miércoles, 16 de junio de 2010

Autores, Voltaire




Autor es una palabra genérica que, como los nombres de las demás profesiones, puede significar bueno y malo, respetable o ridículo, útil y agradable o inútil y fastidioso. Esa palabra es tan genérica que tiene aplicaciones diferentes, pues lo mismo se dice el autor de la naturaleza, que el autor de las canciones del Puente Nuevo y que el autor del Año literario.

Creemos que el autor de una buena obra debe andar con pies de plomo respecto al título, a la dedicatoria y al prólogo. Los demás autores deben abstenerse de escribir. Respecto al título, si tras él tiene afán por poner su nombre, lo que a veces es peligroso, debe escribirlo en forma modesta; no nos gusta que en una obra pía, que debe dar lecciones de humildad, al nombre del autor se añadan los calificativos de consejero del rey, obispo, conde, etc. El lector, que casi siempre es maligno y muchas veces se fastidia leyendo la obra, se complace en ridiculizar el libro que se anuncia con énfasis y en seguida recordamos que el autor de la Imitación de Cristo ni siquiera firmó la obra.

Se me objetará que los apóstoles ponían su nombre en las obras, pero no es verdad; eran excesivamente modestos. El apóstol Mateo nunca tituló su libro Evangelio de San Mateo; eso fue un homenaje que le rindieron después. San Lucas, que recopiló todo lo que oyó decir y que dedicó su libro a Teófilo, tampoco lo tituló Evangelio de San Lucas. Sólo Juan se nombra a sí mismo en el Apocalipsis, lo que hace sospechar que Cerinto compuso ese libro y tomó el nombre de Juan para darle más autoridad.

Pero aparte lo que acaeció en siglos pasados, me parece osadía en el siglo XVIII poner el nombre y títulos del autor al frente de los libros. Esto es lo que hacen los obispos, y en los gruesos volúmenes que publican con el título de Mandamientos imprimen además su escudo de armas; a continuación, escriben algunos párrafos llenos de humildad cristiana, seguidos algunas veces de injurias atroces contra los que pertenecen a otra confesión religiosa o partido. Esto en cuanto a autores religiosos. Referente a los autores profanos, también podemos decir que ocurre lo mismo; por ejemplo, el duque de La Rochefoucauld publicó la colección de sus Pensamientos recordando que los había escrito Monseñor el duque de La Rochefoucauld, par de Francia, etc.

Sabido es que en Inglaterra la mayor parte de las dedicatorias se pagan, y los autores hacen como los capuchinos en Francia, que nos regalan hortalizas con el fin de que les hagan donativos. Los hombres de letras franceses desconocemos hasta hoy ese rebajamiento y siempre fueron más dignos, si exceptuamos a los malhadados que se llaman escritores a sí mismos y son como los pintores de brocha gorda, que se jactan de ejercer la profesión de Rafael, y como el cochero de Vestamont, que creía ser poeta.

Los prólogos tienen otro inconveniente. El yo es despreciable, decía Pascal. Ocúpate de ti mismo lo menos que puedas, porque el lector tiene tanto amor propio como el autor y no perdona que quieras obligarle a que te aprecie. El libro debe recomendarse por sí mismo cuando llega a abrirse paso. Nunca digas: «mi comedia fue honrada con tantos aplausos que me creo dispensado de contestar a mis adversarios», porque como es falso lo de los aplausos, nadie se acuerda de tu obra. «Algunos críticos censuran que haya excesivo enredo en el acto tercero y que la princesa descubra demasiado tarde, en el cuarto acto, el tierno sentimiento que le inspira su amante, pero a esa censura respondo que...» No respondas, amigo, porque nadie se ha ocupado en juzgar a la princesa de tu comedia que ha fracasado porque ha fastidiado al público, está mal escrita, tu prólogo es una especie de responso que cantas a la muerta, y con él no lograrás resucitarla. Algunos proclaman ante la faz de Europa que no se han comprendido los sistemas que desarrollan. Otros autores dan a la luz insulsas novelas copiadas de otras antiguas, sistemas nuevos fundados en remotas utopías o historietas sacadas de las historias generales.

Quien desee escribir un libro debe procurar que sea nuevo y útil, o por lo menos agradable. Hay muchos autores que escriben para vivir, y muchos críticos que lo satirizan también con la idea de ganarse el pan Los verdaderos autores son los que adquieren reputación en el arte, en la epopeya, en la tragedia, la comedia, la historia o la filosofía; los que enseñan y deleitan a los hombres. Los demás son, entre la gente de letras, lo que los zánganos entre las abejas.

  Los autores de los libros más voluminosos de Francia han sido los directores generales de Hacienda. Pueden formarse diez tomos muy gruesos de sus declaraciones, desde el reinado de Luis XIV hasta el de Luis XVI. Los parlamentos han criticado algunas veces esos mamotretos al encontrar en ellos contradicciones y proposiciones erróneas. Nunca ha habido un autor bueno a quien alguien no haya censurado.


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